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lunes, 13 de julio de 2020

Agua

     Me pase toda la vida huyendo de las piscinas, los ríos y el mar. Todos creían que tenía fobia al agua, cosa que aproveche para no dar explicaciones. Y el caso es que me encanta bañarme y nadar. A nadie le conté el porque de mi negativa a sumergirme en una masa de agua mayor de una bañera.

     Hasta los trece años fui un crío normal. Flacucho, distraído, tímido y nada amante de la actividad física. Lo único que disfrutaba y se podía considerar deporte, era nadar. En cuanto me zambullía en la piscina municipal, de siete calles y 25 metros, era feliz. Me daba igual si nadaba siguiendo las órdenes del monitor o lo hacía por mi cuenta. Nadar era maravilloso.

lunes, 29 de junio de 2020

Clara

Uno

     Como todas las mañanas, esperaba flotando en la segunda plante del garaje a que el hombre que me puede ver llegase en su pequeño coche. Lo esperaba allí porque siempre que he intentado seguirlo, fuera del aparcamiento de ese edificio de oficinas, ha surgido una densa niebla que me cegaba y de inmediato volvía a aparecer en la planta -4 del maldito garaje.

     Si él no está cerca puedo moverme por el edificio. De día es muy entretenido y estoy enganchada a los chismorreos de la tercera planta. De noche me muevo por todas las oficinas y me distraigo observando los cambios de los distintos espacios. Por suerte puedo atravesar casi cualquier pared, menos las que me llevarían fuera y las de algunas habitaciones. También reluzco, así que soy mi propia fuente de luz. Cuando estoy más animada resplandezco con gran intensidad.

jueves, 18 de junio de 2020

Tito

Al cerrar la puerta de casa y entrar en mi blanco y pulcro mundo esperaba dejar atrás la “dolorosa angustia opresiva” de la que tanto me gustaba hablarle a mi psicólogo. Coloqué con algo de prisa las cosas en su sitio. La chaqueta en el perchero, el paraguas en el paragüero y los zapatos en el zapatero de la entrada. Quedaba dejar el móvil en su base de carga pero estaba algo despistado y fui la cocina a coger de la nevera un vaso de zumo de naranja.

Después de un buen trago de esa ambrosía me sentí un poco más centrado. Me di cuenta de que aún tenía el teléfono encima. Fui al salón y lo dejé en su sitio. Me senté en el sofá y cogí un posavasos del cajón de la mesita. No pensaba soltar el vaso de zumo hasta terminarlo pero así no cometería el horror de posarlo sobre la mesa sin protegerla.

jueves, 11 de junio de 2020

Espejo



Un compromiso con mi madre no se puede incumplir. Había que echar un vistazo a la vieja casa de la tía Encarna y no podía esperar. Así que, a pesar del asfixiante calor de agosto y de que mi coche nunca ha tenido aire acondicionado, me dirigí a la vieja casa del pueblo que le dejó la tía Encarna a sus hermanas supervivientes como herencia.

Llegué poco antes de acabar convertido en un “Federico deshidratado y bajo en grasas”. El coche quedó a la sombra de la higuera con todas las ventanillas bajadas. No pude evitar tener la imagen de que sería atacado en el viaje de vuelta por un furioso enjambre de avispas que acababan de asentar su colonia debajo del asiento del conductor, pero el calor acumulado dentro del pequeño Fiat no me dejó otra opción.

jueves, 8 de octubre de 2015

Desayunando con mi reflejo

Todo era de lo más normal. El café estaba practicamente intragable. El televisor tenía el volumen demasiado alto. El camarero y una clienta discutían sobre la educación de los hijos. La máquina tragaperras intentaba hiptonizarnos a todos con sus luces cambiantes y agudos sonidos. Y yo no conseguía evadirme de todos esto aunque lo intentaba con todas mis fuerzas.

jueves, 22 de enero de 2015

¡Maldito Andrés!

No estaba funcionando nada. Cada vez que abordaba el capítulo XIII toda la trama se desbarataba y los personajes se volvían inconducibles, incluso había uno, totalmente secundario, que decidía tomar las riendas de la historia y llegaba a reivindicarse como protagonista. Siempre acababa de la misma forma, yo, totalmente desesperado, borraba completamente el capítulo y salía de casa, sin siquiera apagar el ordenador, en busca de ruido, multitud y una buena cerveza.

Un día decidí decidí hacer una locura, emprender un diálogo con mis personajes, intentar llegar a un acuerdo con todos ellos, o por lo menos con los suficientes como para acabar ese capítulo maldito y seguir con la trama que tan meticulosamente había planificado.

Al principio parecía que la idea iba a funcionar, el protagonista y la mayoría de los secundarios expresaron sus dudas acerca de lo que les tenía reservado. Incluso hicieron alguna aportación a la historia que resultaba interesante y yo, procurando no desvelarles demasiado, les expliqué mis intenciones e incluso hice el firme y sincero propósito de incluir algunas de sus propuestas, pero, llegó él.
Andrés Buscarríos, personaje secundario incluido por la necesidad de ofrecer al protagonista un sospechoso creíble y detestable que  al final sería descartado. aunque recibiría su castigo por mala persona. Andrés empezó a quejarse de su nombre, de su poco creíble personalidad e incluso de su papel en la trama, para acabar criticando toda la construcción de la historia. Lo peor es que lo hacía con argumentos bien construidos y de una lógica aplastante que destruía toda la poética que trataba de darle a esta historia policiaca clásica.

El protagonista empezó a dudar, la chica, el jefe y el fiel ayudante del protagonista se sumaron al bando del amotinado y el villado, el auténtico, pasó de ser un tipo duro y despiadado a ser un dubitativo blandengue y ridículo.

Todo se vino abajo y acabé claudicando. Me rendí incondicionalmente a Andrés Buscarríos, que ahora se llama Andrés Montes, que es quien dirige lo que antes era mi novela. Me va dictando párrafo a párrafo y apenas me deja opinar, claro que hay que reconocer que le está quedando muy bien, mucho mejor que a mí, tanto que estoy totalmente enganchado a la historia del maldito Andrés.

martes, 20 de enero de 2015

Solo

El día empezó aparentemente como cualquier otro. La luz fue tan molesta como la mañana anterior, el agua de la ducha tardó tanto en calentarse como siempre y el café fue tan poco efectivo como cualquier martes. Hasta que no llegó al trabajo y se despejó con el segundo café del día no se dio cuenta de lo solo que se encontaba.

No se había cruzado con nadie en la calle y, lo que es más preocupante, ni siquiera recordaba al conductor del autobus.

-Tranquilo- se dijo mientras recorría la oficina con su mirada más atenta. -Estaré medio dormido- siguió aleccionarse mientras intentaba hacer memoria de todo lo que estaba funcionando a su alrededor y necesitaba de alguien para hacerlo.
-Vale, has venido en autobús, has entrado en el edificio y todas las luces estaban ya encendidas. La maquina del café también y siempre la apaga Tere por la tarde.- quiso concluir su discurso con una explicación pero no la encontraba. -¿Habré llegado demasiado temprano?- concluyó sin siquiera mirar el reloj y comenzando el corto paseo hasta su mesa.

Sin haberse hecho una propuesta formal, empezó a trabajar, la lista de pendientes era suficientemente larga como para ocuparle el resto de la semana. En el fondo lo que esperaba era que todo volviera a la normalidad, el ruido, gente de aquí para allá, hablando, riendo, interrumpiendole con cualquier tontería y no tener que volver a preocuparse de que por un rato tuvo todo el mundo para el solo y sobre todo, no tener que comentarselo al psiquiatra, no fuera a subirle la medicación.

Cuando los ojos le avisaron de que estaban cansados miró la hora en la esquina superior derecha de su pantalla, las 11:31, estiró ambos brazos y  contuvo un bostezo. Pensó en ir a por el tercer café de la mañana mientras levantaba la vista en busca de alguien con quien compartir un breve descanso pero se quedó congelado ante el abrumador silencio de la oficina. En una sala donde debería haber una docena de personas trabajando seguía sin haber nadie. Los únicos ruidos que le acompañaban eran el zumbido de una decena de ordenadores encendidos y la música casi remota de los auriculares que había dejado sobre la mesa.

Ante la solitaria maquina de café reflexionó  casi en voz alta, -No me he equivocado de día, no he venido en domingo, y ya es hora de que esto estuviese abarrotado.- Un sorbo al café solo y sin azucar, para ver si así se despejaba de verdad, le sirvió para aclarar las ideas. -¡Eso es! Llamaré a alguién, a Toño por ejemplo, no puede ser que no haya nadie.- Se tomó con calma el volver a su mesa y hacer la llamada que le devolvería la cordura, tampoco iba a ganar nada corriendo y el café estaba mejor de lo habitual.

Toño no cogió el telefono, ni Marisa, ni Rosa, ni Xan, ni ninguno de los doce contactos que acabó escogiendo aleatoriamente de la agenda, por no responder, ni respondió ninguno de los servicios de información y antención al cliente que pudo recordar. Así llegó a la única conclusión lógica que quedaba, -me he quedado solo en el mundo- se dijó en voz alta.

A la hora de salir del trabajo pensó en ir a comer cerca de casa, pero pensó que lo mejor sería ir a casa, comer algo y dormir una siesta, a ver si al despertarse la cosa se había normalizado. Tomo el autobús, único vehículo que vió en los diez minutos que tuvo que esperar, que le llevó como único ocupante hasta su parada y ya en casa comío sin ganas y se echó en el sofá con la esperanza de que el sueño reparará todo ese desaguisado.

Pero no fue así.

martes, 17 de agosto de 2010

El demonio de la A-52

La primera vez que vi al demonio de la A-52 fue en enero de hace dos años, volvía a casa pasadas las once de una oscura noche más, con algo de lluvia y mucho frío. Viajaba casi solo, de vez en cuando pasaban unas luces en sentido contrario y llevaba un buen rato sin adelantar, o ser adelantado, por nadie. El iPod empezaba a reproducir Sympaty for the Devil, en la versión de los Guns&Roses, cuando me alcanzó repentinamente un coche con unas luces muy brillantes y con el motor más ruidoso que nunca había oído.
Dentro de mi coche parecía de día, pero apenas veía poco más allá del morro, lo que en vez de ponerme nervioso o atemorizarme consiguió enfadarme. Empecé en la intimidad de mi coche, o lo que es lo mismo, vehículo automóvil de tamaño pequeño o mediano, destinado al transporte de personas y con capacidad no superior a nueve plazas, con la tranquilidad de una autovía, es decir, carretera con calzadas separadas para los dos sentidos de la circulación, cuyas entradas y salidas no se someten a las exigencias de seguridad de las autopistas, vacía, hasta que, en el momento que ya me estaba acordando de la parentela más lejana del conductor, un aullido ensordecedor me enmudeció.
Sentí miedo. Toda la rabia que había empleado en repasar las características físicas, intelectuales y morales del conductor de ese infernal coche y de su familia, se había convertido en oscuridad y congoja, que se puede definir como desmayo, fatiga, angustia y aflicción del ánimo. Si alguien os dice que realmente sabe lo que es cagarse de miedo, y esto no lo voy a definir, no os riáis de él, seguramente dice la verdad, literalmente.
Cuando se acabó la canción, minutos que me parecieron horas, un rugido de motor y un larguísimo aullido anunciaron la rauda marcha del demonio de la A-52. Mientras me adelantaba pude ver de reojo, porque estaba paralizado mirando al frente y con las dos manos firmemente asidas al volante, a un perro, un deforme y sarnoso can de palleiro poseído por el espíritu maldito de un rencoroso y codicioso abogado que se suicidó en esa misma carretera después de ser abandonado el mismo día de su boda. Tenía la cabeza fuera del coche, la sacaba por el hueco que de la ventanilla del demoniaco seiscientos. Sus llameantes ojos rojos y su larga lengua brillaban en la oscuridad de una forma obscena y terrorífica.
Cuando se alejó en la oscuridad, mientras aún se podían ver las llamaradas que salían del tubo de escape, sentí que la sangre volvía a circular, que había superado una experiencia que no quería tener repetir nunca más, pero como he dicho, esa fue la primera vez que me encontré con el demonio de la A-52.

miércoles, 14 de julio de 2010

Mientras ella quiera

Verla bailar era hipnótico. Sus movimientos naturales y sensuales lo tenían atrapado en un estado de éxtasis que transgredía todas las leyes conocidas sobre el tiempo y el espacio. Todo lo que le rodeaba dejó de ser visible, solo estaba ella, bailando como nunca antes había visto bailar. En un instante ella le miró y el tiempo se detuvo, su mirada clara se volvió eterna y su pelo flotaba en aire en un giro que nunca acababa. Repentinamente el tiempo se aceleró y ella giró en un instante hasta que volvió a detenerse otra vez, pero esta vez le miraba a los ojos, directamente, creando un vacío aún mayor a su alrededor. En ese instante eterno sintió como su corazón ya no le pertenecía, ahora era de ella y latía al ritmo que marcaban sus caderas.
Mientras ella siguiese bailando, él no necesitaría nada. Después; ya no le importaba el después.

viernes, 9 de julio de 2010

Proceso de selección

Llevaba un buen rato sentado en esa incomoda silla en una sala de espera amplia, totalmente blanca y de forma circular. Era una habitación tan regular que no se distinguían las puertas, la vista era una pared continua solo interrumpida por la muchacha que me estaba guiando, aunque parecía que su autentica ocupación era vigilarme con una sonrisa en los labios y un gesto de desconocimiento cada vez que le preguntaba algo. Como no llevaba reloj el tiempo hacía mucho, o poco, que se me había escapado. Y por supuesto, preguntarle a ella era inútil. Aún así no podía hacer otra cosa que hablar, aunque fuera solo, así que le pregunté. -Es un espacio realmente curioso, ¿tardaré mucho en ver al... juez?
La muchacha sin dejar de sonreír giró ligeramente la cara y me dijo con voz dulce y relajante que no era ningún juez, aquí nadie juzgaba a nadie, que era un experto en recursos humanos, una especie de director de casting, aunque claro está, Eden 7 no era ninguna película.
Yo la escuche embobado, era el discurso más largo que le había oído y su voz era sencillamente hipnótica. Podría haberme dicho que me asarían a la parrilla a fuego lento que yo seguiría sonriendo como un idiota e incluso le pediría que me lo repitiese para volver a oír su voz.
-Perdone, es que todo esto me resulta tan sorprendente, dése cuenta que me ha pillado tan de sorpresa...
-No pasa nada, estoy aquí para guiarle y ayudarle en lo pueda.
Envalentonado y encantado de hablar con ella seguí.
-¿Y sabe si voy a seguir solo, sin ver a ningún otro...
-Aspirante, les llamamos aspirantes.
-Gracias, pues eso, ¿sin ver a ningún otro aspirante en todo el proceso?
- Si pasa la fase previa le asignarán en un grupo de aspirantes y a partir de ahí seguirán todos juntos.
-Vaya, gracias.
Estaba buscando algo que preguntarle que no acabara en un leve levantamiento de hombros y de cejas, lo que supondría que la conversación acabaría tan repentinamente como empezó, cuando, en la pared se iluminó una puerta y mi guía se puso en pie, todo al mismo tiempo. Yo no sabía que mirar, si a la recién aparecida puerta o a la muchacha que señalando la puerta me decía que la acompañase. Me levanté como un autómata de la silla, sería incapaz de ignorar una indicación suya, y atravesé la pared, en el momento que sentí que la puerta desaparecía detrás de nosotros pensé que en ese momento se abría otra para que allí accediera otro aspirante y su guía.
Las altísimas columnas que teníamos delante daban la sensación de que nos encontrábamos en un pasillo infinito que se extendía a izquierda y derecha, pero mi guía avanzo entre las columnas en vez de ir a uno de los dos lados y yo la seguí torpemente. En realidad estábamos en un espacio inmenso, una inmensa sala alargada que se extendía a ambos lados hasta perderse la vista y que nosotros atravesábamos por su lado más pequeño, que debían ser por lo menos cien metros entre filas de columnas más el grosor de las columnas, bien cinco metros y los espacios entre las columnas y las pared, otros quince metros. Todo esto en blanco, paredes, suelo, columnas, y con una iluminación uniforme e indirecta, lo que me dificultó extraordinariamente hacer los cálculos de tamaños y distancias, por lo que he de reconocer que son todo lo precisos que me permitieron tan asombrosas condiciones.
El andar de mi guía era suave y apenas hacía ruido, pero como en todo ese espacio no se veía a nadie, ni se oía nada, sus pasos y los míos me parecían el estruendoso andar de una manada de elefantes.
Cuando atravesamos la segunda fila de columnas de la inmensa sala pude ver un ancho pasillo iluminado con luces amarillentas, lo cual rompía bastante con el resto de espacios que había podido ver hasta el momento. Mi guía volvió a indicarme que avanzara delante de ella señalando elegantemente el pasillo.
Al cabo de una veintena de metros acababa el pasillo en una puerta de madera pequeña y virtuosamente tallada. En este punto mi guía se despidió de mi, -Pase, por favor. Aquí le dejo, espero que todo le salga bien.
Yo también, pensé, pero me sentía tan fuera de lugar que no acerté a responder, solo hice un  indefinible gesto con la cabeza y atravesé la puerta mientras oía:
-Pase, pase. Rodrigo Gómez Rodríguez, fallecido el día de hoy en accidente de trabajo a los 34 años de edad. ¿Todo correcto?
-Por desgracia así es.

viernes, 12 de marzo de 2010

Mala esperiencia

-Aún llegaremos tarde.
-Tranquilo, vamos por aquí que seguro que acortamos.
-¿Seguro? Mira que tus atajos suelen ser una mierda.
-¡Una mierda! ¿A ver que dices cuando lleguemos...
-¡Tarde! Como siempre.
Ella no dijo nada más, se la veía realmente molesta, mientras, apuraba el paso y se adentraba en una calle cada vez peor iluminada. Él la seguía disfrutando de su pequeña venganza y se conformó con seguirla sin decir nada.
A los cinco minutos y tres intersecciones más allá, ella se detuvo en un nuevo cruce con una nueva calle. A él le parecía igual a los anteriores y no se veía el nombre de ninguna de las dos calles, aunque para ser sinceros, ni se veía nada, ni hubiera importado mucho saber el nombre de las calles. Las escasas farolas, apenas había una, de apagada luz amarillenta, cada veinticinco o treinta metros, lo que apenas daba para adivinar formas y volúmenes.

miércoles, 10 de marzo de 2010

Polidamante

Eran casi las cuatro de la tarde y ya llevaba más de veinte minutos de espera. Por suerte me había llevado un libro y mi inseparable iPod. Había escogido música relajada, tranquila, acorde con la hora de sobremesa y que me hacía más llevadera la espera. también ayudaba el día soleado, estar ante un café en una terraza en un precioso parque rodeado de árboles con un tenue, pero muy agradable, sol de invierno.
Había renunciado hacía un rato a volver a mirar la hora cuando me doy cuenta de que un gato gris, de considerables proporciones, estaba sentado en la silla que tenía a mi lado. Le observe un rato, era realmente imponente, señorial, impasible. Sin apenas pensarlo le salude incluyendo una elegante inclinación de cabeza, -buenas tardes-.
-Buenas tardes- me responde claramente en gran gato gris mientras entorna ligeramente los ojos.
Ya se que hablar con gatos desconocidos no es muy normal, pero como a veces me ocurren cosas de estas ya no me asusto y me dejo llevar en vez de salir corriendo y pedir vez en le psiquiatra.
- Mi nombre es Carlos.-Le digo mientras apago el iPod y cierro el libro.
- El mío es Polidamante, pero puedes llamarme Poli.
- No hace mala tarde.- Le digo para romper el hielo haciendo uso del tópico meteorológico a la espera de que aparezca algo sobre lo que hablar con un gato.
- Psss.- Dijo Polidamente mirando a un lado y al otro. -¿Está interesante el libro?
- Un clásico, la ilíada, la verdad es que no me canso de releerlo, es tan...- dudé un momento, el gato Polidamante no de dejaba de mirar a las escaleras que subían a la calle Rodício. No parecía muy interesado en lo que le contaba, pero la verdad es que era él quien había preguntado. - ¿Le ocurre algo?- le pregunte algo molesto.
-Disculpa- Me dijo con evidente malestar. -Es que hay por ahí un fox terrier endemoniado que me tiene de los nervios. Cada vez que me ve se me lanza encima con una furia asesina propia del mismo Aquiles.
Ese detalle me dejó claro que Polidamante era todo un señor, consiguió mi disculpa y admiración en la misma frase.
-Muy bueno, lo de Aquiles, no que te persiga un perro loco. Si pudiera ayudarte de alguna manera...
-No se, la verdad es que no creo que tenga solución, acabaré mudándome, eso o consigo que ese enfermo obsesionado tenga un accidente.
-Es que los fox terrier ya se sabe lo obsesivos que se vuelven, no paran. Pero, ¿no tiene dueño?
Me miró mal, una mirada entre disgusto, desaprobación y algo de cansancio. No me contesto en el momento, se lo pensó un poco.
-Si, viene con alguien, pero siempre lo trae suelto y todo lo que hace cuando me persigue es llamarlo un par de veces. Ese humano tiene de líder lo que yo de tonto.
-Ya,- dije un poco abrumado. -¿Si quieres hablo con ese individuo y le llamo la atención por traerlo suelto? Eso ten daría algo de ventaja.- Esta vez no me atreví a llamarlo dueño, me pareció que ese término no le hacía mucha gracia.
-Pues sería todo un detalle, la verdad.
-Dalo por hecho.- En ese momento me sentía grande.
Antes de que pudiera decir nada más Polidamante profirió una especie de chillido y se marcho tirando la silla donde estaba sentado. Un fox terrier blanco, marrón y negro le perseguía ladrando como loco. Les seguí con la mirada unos segundo para después mirar en sentido contrario para localizar al humano que venía con él. La verdad es que fui un poco brusco, pero se lo había prometido al gran gato gris Polidamante. Espero que ahora tenga algo de tiempo antes de que suelten para correr por el parque a Coque, el nervioso y alegre fox terrier.

lunes, 22 de febrero de 2010

Viajar no es bueno para todos

Llevaba ya un buen cuarto de hora con el teléfono en la oreja. De mi boca apenas podían salir un, "si, claro", "ya, ya", y a veces intentaba frenarlo con un, "pero mira...", que no daba pasado de ahí. No paraba de hablar, de contar una increíble anécdota, de preguntar y responderse a si mismo, de asombrarse, indignarse y lamentarse por los dos. Tan cansado estaba que pensé en buscar a alguien que siguiera por mi diciendo, "si, si", "claro", "ya, ya".
Yo creía que ya no le escuchaba cuando en mitad de una terrible experiencia le entiendo:
-...y son además unos maleducados, ¿sabes? es que no tienen nada de respeto porque no solo hablan en inglés entre ellos, delante de ti, si no que, es que no te lo vas a creer, les preguntas, despacito que ya sabes que soy muy considerado, y los muy cretinos te responden en inglés. ¡Es que no hay educación!
- Espera, espera. ¡Pero no te has dado cuenta de que estás en Londres! ¡LONDRES!
-Sii, ¿y qué? A ver si por la tontería esta de la flema y el té y que canten en ingles tienen que hacerlo todo en esa lengua del demonio. Que yo voy de buenas, que si no les quitaba la tontería de dos sopapos y dejaban de ser unos estirados y unos snobs...
-Claro, claro...
Mi rendición fue incondicional, si él quería que le entendiesen, le entenderían, porque muy listo no es, pero bruto, un rato. Solo me consolaba que además de bruto era buena persona, así que se apiadaría de esos pobres londinenses y no les haría aprender toda la extensa lengua de Cervantes.
-...bueno, te dejo que tengo que ir a clases, y estos estiraos son muy puntuales. Abur.
- Adiós fiera, pásalo bien.
A ver si por lo menos nos vuelve un poco más puntual.

lunes, 8 de febrero de 2010

Contraseñas

Una de mis obligaciones es la de administrar una serie de equipos informáticos, unos de sobremesa y otros portátiles repartidos por aulas, aula 1, aula portátiles, etc. Entre las poco agradecidas tareas de instalar, actualizar y desparasitar está también la de crear, mantener y vigilar a los usuarios. Como mi trabajo consiste en dar cursos, los usuarios que creamos en estos ordenadores con Windows solo duran una semana más que los cursos, con lo que constantemente estamos creando y eliminando usuarios. Además con el constante paso de nuevos usuarios, personas, nos obliga a cambiar con cierta frecuencia las claves de administración de los equipos.
Había una serie de equipos portátiles que habían vuelto después de pasearse por Galicia durante una buena temporada, por los que me tocaba hacerles una revisión. Para este tipo de tareas usamos el usuario administrador, que siempre tenemos con contraseña, y desde el que podemos realizar todas las tareas necesarias. Así que me dispuse a pasar una entretenida tarde de revisión de equipos. Lo primero que hago es encender uno, el que tenía más a mano, e introducirle la contraseña de administrador. Me dice que me he equivocado, cosas que pasan cuando uno escribe con prisas, así que me veo obligado a intentarlo de nuevo, consiguiendo el mismo resultado, la tercera vez, y otra vez la negativa es la respuesta obtenida. Como tenía donde escoger, lo intenté con otro, quedándome igual, bueno, igual no, cada vez más tenso y cercano a la ira. Con el tercero pasa lo mismo y con un cuarto también. Llegado ese punto mi mirada incendiaba a cualquier infeliz que se cruzaba conmigo y mis pensamientos, de muerte y destrucción, eran perfectamente audibles por todo el mundo.
Me dirigí al aula donde se encontraba Oscar, compañero de penurias y co-administrador de los equipos, que al verme cruzar la puerta se agachó ágilmente evitando mi flamígera y letal mirada, claro está que mis terribles gritos exigiendo la lenta y espeluznante tortura de quien había osado alterar el usuario sagrado Administrador le alertaron de sobra. Allí, al borde de la desintegración por ira, le conté lo que le haría al insensato que nos había cambiado las claves de Administrador. Él, tranquilo, sacó el CD revientaclaves del estuche de emergencias y nos dirigimos hacia los equipos díscolos.
Ellos nos miraban desafiantes, pero nosotros teníamos la herramienta definitiva. Introdujimos el CD, arrancamos la máquina y esperamos a que nos diera la clave de cada usuario. Mientras Linux y sus maléficas herramientas trabajaban, yo seguí enumerando los poco delicados epitetos que le dedicaba al desdichado que había cambiado la clave y describía las torturas a las que le sometería.
Por fin acabó Linux su trabajo y emitió su veredicto. Usuario: Administrador, Clave: peliqueiro.
Oscar me miró mientras yo callaba, solo por un instante para volver a acordarme del que cambió la clave. -¡Seré idiota! La cambié antes de que se fueran y me olvidé anotarlo.
Oscar guardo silencio, extrajo el CD de la máquina y se marcho con una sospechosa sonrisa.

lunes, 25 de enero de 2010

Peonzas

La mente masculina, es decir de los hombres, es como una peonza girando. Vamos, un trompo, peonza, sabes a que me refiero.- Insistió mientras hacía girar su mano derecha delante de él. -Claro, claro, yo tenía uno de...- intenté terciar sin éxito alguno.-Pues eso, que es un lanzamiento de peonza que gira y gira haciendo casi siempre el mismo camino, sin desviarse nunca, porque los hombre somos así, con pocas extravagancias, firmes y constantes, pero a veces uno de esos giros se aleja de los demás, eso es cuando nos da una locura, como dirías tu..., una arroutada, un pallá, y hacemos una locura como comprarnos una bicicleta de la leche aunque no vayamos a usarla más de un par de veces. ¿Me entiendes?- Hablaba sin parar, gesticulando todo el tiempo y mirando a los ojos a a cada uno de los presentes uno tras otro. -Vamos, que esas excentricidades en algunos se dan de vez en cuando, como un lanzamiento regular, o muy pocas veces, como en un lanzamiento de la leche, o como en el caso del Fede no hay dos giros iguales. En fin, que la cabeza loca del Fede es un lanzamiento de pena de peonza.- Acabo, o eso parecía, abriendo los brazos y mirándonos a todos mientras asentía con la cabeza.
-Así que Fede es un mal lanzamiento de trompo.- Afirmo Luisa, que estaba a mi lado.- Entonces, ¿como es tu lanzamiento?
Las risas no contuvieron al locuaz orador. -El mío, el mío, ¡el mío es la leche!- Sentenció para mayor regocijo de los presentes.
Por suerte nadie pregunto como veía la mente femenina, es decir de las mujeres, porque si esto hubiera pasado si que hubiéramos descubierto las excentricidades de su mente.

viernes, 15 de enero de 2010

El destino de Teseo

Un día más pasaba las horas observando a la bestia desde una de las altas torres. Un día más observaba su ir y venir por los pasillos del laberinto intentando meterme en su mente sin éxito alguno. Un día más me fui apesadumbrado de la torre, tras darle la habitual propina al guardia, sin entender el origen del poder de la bestia.
Cuando me propuse enfrentarme al desafía para conseguir el permiso de Minos, rey de Creta, para casarme con su hija Ariadna, el Minotauro ya había acabado con decenas de nobles guerreros que buscaban gloria y fortuna. Todos pensaban que estaba loco, unos culpando a Ares y otros más observadores a Afrodita, pues mi familia posee fortuna suficiente para vivir diez vidas, y provengo de una estirpe de héroes que nos han dotado de gloria, aún sin hacer nada para aumentarla, a sus hijos y nietos. Pero yo no busco aumentar gloria alguna, yo solo quiero que Ariadna y yo podemos estar juntos con la bendición de nuestros padres.
En cuanto Ariadna supo de  mi decisión de adentrarme en el laberinto de Dédalo para dar muerte al Minotauro me suplicó que abandonara, que marchara de vuelta a Atenas, que prefería no tenerme a tenerme muerto. Pero yo no podía vivir sin ella, no podía concebirme como noble hijo de Egeo, heredero de una antigua y heroica estirpe si abandonaba a la mujer que amo por temor a la cierta muerte en el desafío del Minotauro. Alcanzaré la bella muerte, seguramente es mi destino, ante los habitantes de Creta en noble y épica lucha con la terrible bestia, pero nunca retrocederé por muy terrible que sea el destino que me han otorgado.
Cada momento que puedo pasar con Ariadma aumenta el tesoro que almaceno en mi corazón. Cada sonrisa que me brida es un rubí, cada mirada, un diamante y cada lagrima que acompaña a la súplica de que abandone, una perla. De esta manera me llevaré al Hades un tesoro tan grande que me será imposible dilapidarlo en toda la eternidad.
Solo me quedan unas horas para que tenga que adentrarme en el laberinto, ya me han bañado y perfumado. Ariadna me ha traído un último regalo. Me presentaré ante la bestia con una hermosa armadura de broce, tan pulido y brillante que parece de oro, coraza, grebas, casco  y escudo labrados y bellamente adornados acompañados de una larga lanza de fresno y una brillante y larga espada. Seré en guerrero más hermosamente vestido que adorne la morada del Minotauro.

miércoles, 13 de enero de 2010

Preguntas infantiles


Hoy mi hija, de cinco años menos dos meses, me preguntó:
-¿Qué comen los cerdos?
- De todo. Respondí sin pensármelo mucho.
-¿Verduras?
-Sí.
-¿Lentejas?
-También.
-¿Huevos?
-Si se los dan, sí.
-¿Paredes?
Ahí empecé a prestar atención, está claro que tendré que concretar mejor mis respuestas.
-No, los cerdos no comen paredes, comen...- y aquí me sentí orgulloso de mi agilidad mental- comen lo mismo que nosotros.- Después de este ejemplo seguro que no le quedan dudas.
-...entonces... ¿comen chorizo?
Vale, la respuesta que orgullosamente había empleado había sido desmontada en tan solo una réplica. Claro que por un lado, a un cerdo si le damos carne de cerdo, se la comerían, pero por otro, a nadie se le ocurre darle chorizo a un cerdo, ¡canibalismo animal con complicidad humana! Y ahora a ver como le explico yo a la niña todo esto sin acabar más liado.
- No, no comen chorizo, pero eso mejor se lo preguntas a tu madre, que para algo es maestra.- Y si cuela, cuela.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Lógica caucasiana

Hay momentos en los que mi hija me sorprende con la sabiduría de la sencillez, lo que me ha recordado algo que hace mucho tiempo llamé "lógica caucasiana" sin motivo alguno.
La lógica caucasiana es simple, directa y demasiado a menudo tremendamente eficaz. Consiste en aplicar la respuesta o solución que nos implique un menor esfuerzo mental, vamos, si me lo tengo que pensar dos veces, o darle demasiadas vueltas al caso, opto por aplicar la solución conocida o la primera que se me venga a la cabeza. Un ejemplo sería el caso de estar perdido en una carretera que ya no sabemos a donde nos lleva y en vez de para y dar la vuelta, o preguntar, seguimos avanzando, pues lo ya recorrido sabemos que no es conocido, y a algún sitio nos llevará. Otro caso típico es el de -¿en que piensas?-, en nada, porque si tengo que pensar en que estaba pensando, me canso, me canso solo de pensar en lo debería pensar que pensé, -...no pienso en nada, de verdad, no pensaba en nada.-
No es un proceso filosófico complejo y elaborado, eso me daba mucho trabajo, solo es eficaz. Si el mundo actuase siguiendo la premisa de la lógica caucásica, seguro que seguiría habiendo problemas y desacuerdos, pero todo el mundo sabría a que atenerse, además de ser más sinceros, porque no hay nada más logicamente caucasiano que decir la verdad, es siempre el camino de menor esfuerzo mental. Si es que al final no estaba tan desencaminado, hasta podría crear una escuela filosófica, pero claro esto no podía ser, supondría demasiado esfuerzo.

lunes, 14 de diciembre de 2009

La pesadilla de Asterión

Mi nombre es Asterión, pero ya nadie llama por mi así, en su lugar usan el de Minotauro.
Hace ya más de veinte años que me han encerrado en un interminable laberinto por donde deambulo alrededor de la plaza donde está mi morada. Todo mi alimento son las escasas briznas de hierba que crecen en los bordes de los pasillos del laberinto, cada día intento buscar nuevos pasillos donde no haya pasado recientemente para no acabar con mi alimento, y al mismo tiempo guardo la esperanza de encontrarme con la salida y poder recorrer las hermosas praderas de Creta, como hacía en mi casi olvidada niñez.
Con cada luna llena se que ha llegado el día del desafío. Desde muy temprano puedo oír un intenso bullicio, voces, gritos, música. Se que las torres que se levantan por encima de mi prisión se han llenado de personas ansiosas de ver la muerte del terrible Minotauro. A veces me tiran cosas, una manzana medio comida, un trozo de pan, o una piedra. Cuando bramo de ira y desesperación las voces acallan por un instante, pero pronto vuelven con más fuerza. En cada desafío tengo más miedo, los días en los que la luna se va haciendo más grande son para mi de autentico sufrimiento, mis pesadillas son más reales y terribles. Veo mi futuro, veo mi muerte a manos de un guerreo vestido con peto, grebas, casco y escudo dorados, con una larga lanza y unos ojos brillante que parecen provenientes del mismisimo infierno.
Pero en cada desafío salgo victoriosos, el guerrero que se me presenta no es el de mis pesadillas y se que mi día no ha llegado, que a ese encogido y dubitativo desgraciado van a tener que hacerle las exequias con una figura de cera en la pira, porque su cuerpo se quedará conmigo.
Y al acabar cada desafío lloro, pensando en el guerrero dorado que habrá de venir para acabar con mi sufrimiento, lloro deseando su llegada y temiéndola al mismo tiempo, porque yo, Asterión, hijo del gran toro blanco deseo vivir a pesar de que la único salida de mi prisión sea la muerte.
Y llega un nuevo día, una nueva búsqueda de pastos y puede que alguna fruta medio comida que fue tirada desde las torres, y puede que me encuentre en mitad de pasillo con una arcada estrecha y discreta que me llevé directamente a una de las preciosas praderas de Creta. Y así seguiré, día tras día, hasta que llegue ese terrible guerrero dorado y me llamen por última vez por mi nombre, Asterión.

martes, 1 de diciembre de 2009

¡No puedo dormir!

-¡No puedo dormir!
-...ummmm...
-¡Qué te digo que no puedo dormir!
-¿Y...?
-Que hagas algo.
-Bueno, a parte de despertarme, no se que hacer.
-¡Tonto! No ves que lo angustiada que estoy?
-¿Y tu no ves lo dormido que estaba?
-¿Como puedes ser...?
-Vale, vale, es que aún no me despertado del todo, a ver, ¿qué ha pasado?
-No se.
-No se porque, pero esto me lo esperaba.
-Venga, no te metas conmigo, es que me desperté y no podía respirar, y...
-Vale, por lo menos no ha sido porque yo roncase.
-Hasta cuando te pones tonto eres simpático.
-Si hasta dormido te hago sonreír es que has hecho un buen fichaje. Anda, apaga la luz y durmamos.
-No con la luz apagada no, que me agobio.
-Vale, pero tienes suerte de que aún esté medio dormido, si no...
-Tonto.
-Que duermas bien.
-Y tu.