Una de mis obligaciones es la de administrar una serie de equipos informáticos, unos de sobremesa y otros portátiles repartidos por aulas, aula 1, aula portátiles, etc. Entre las poco agradecidas tareas de instalar, actualizar y desparasitar está también la de crear, mantener y vigilar a los usuarios. Como mi trabajo consiste en dar cursos, los usuarios que creamos en estos ordenadores con Windows solo duran una semana más que los cursos, con lo que constantemente estamos creando y eliminando usuarios. Además con el constante paso de nuevos usuarios, personas, nos obliga a cambiar con cierta frecuencia las claves de administración de los equipos.
Había una serie de equipos portátiles que habían vuelto después de pasearse por Galicia durante una buena temporada, por los que me tocaba hacerles una revisión. Para este tipo de tareas usamos el usuario administrador, que siempre tenemos con contraseña, y desde el que podemos realizar todas las tareas necesarias. Así que me dispuse a pasar una entretenida tarde de revisión de equipos. Lo primero que hago es encender uno, el que tenía más a mano, e introducirle la contraseña de administrador. Me dice que me he equivocado, cosas que pasan cuando uno escribe con prisas, así que me veo obligado a intentarlo de nuevo, consiguiendo el mismo resultado, la tercera vez, y otra vez la negativa es la respuesta obtenida. Como tenía donde escoger, lo intenté con otro, quedándome igual, bueno, igual no, cada vez más tenso y cercano a la ira. Con el tercero pasa lo mismo y con un cuarto también. Llegado ese punto mi mirada incendiaba a cualquier infeliz que se cruzaba conmigo y mis pensamientos, de muerte y destrucción, eran perfectamente audibles por todo el mundo.
Me dirigí al aula donde se encontraba Oscar, compañero de penurias y co-administrador de los equipos, que al verme cruzar la puerta se agachó ágilmente evitando mi flamígera y mirada letal, claro está que mis terribles gritos exigiendo la lenta y espeluznante tortura de quien había osado alterar el usuario sagrado Administrador, le alertaron de sobra. Allí, al borde de la desintegración por ira, le conté lo que le haría al insensato que nos había cambiado las claves de Administrador. Él, tranquilo, sacó el CD revientaclaves del estuche de emergencias y nos dirigimos hacia los equipos díscolos.
Ellos nos miraban desafiantes, pero nosotros teníamos la herramienta definitiva. Introdujimos el CD, arrancamos la máquina y esperamos a que nos diera la clave de cada usuario. Mientras Linux y sus maléficas herramientas trabajaban, yo seguí enumerando los poco delicados epitetos que le dedicaba al desdichado que había cambiado la clave y describía las torturas a las que le sometería.
Por fin acabó Linux su trabajo y emitió su veredicto. Usuario: Administrador, Clave: peliqueiro.
Oscar me miró mientras yo callaba, solo por un instante para volver a acordarme del que cambió la clave. -¡Seré idiota! La cambié antes de que se fueran y me olvidé anotarlo.
Oscar guardo silencio, extrajo el CD de la máquina y se marcho con una sospechosa sonrisa.
lunes 8 de febrero de 2010
lunes 1 de febrero de 2010
Ya van siete
Hoy hace... esperad, tres a diez, o era diez a tres, entonces van cinco y debo una, no, dos, esperad, a ver, entonces tiene que ser seis, no siete, eso, siete, son siete.
Hoy hace siete años que me he casado. Siete años que han pasado como un suspiro, lo cual debe ser porque soy feliz o porque tengo mala memoria. Siete años que no pesan, ni dan vértigo, siete años que no me parecen más que un preludio y de los que tengo más recuerdo buenos que malos, siete años que espero que se conviertan en setenta.
Dicen que uno es feliz cuando no se plantea si es feliz o no. Con lo que tengo claro que a su lado soy feliz. Eso o es que soy capaz de no pensar en nada, con lo que también se puede decir que soy feliz.
Si es que siete años a su lado no son nada.
Hoy hace siete años que me he casado. Siete años que han pasado como un suspiro, lo cual debe ser porque soy feliz o porque tengo mala memoria. Siete años que no pesan, ni dan vértigo, siete años que no me parecen más que un preludio y de los que tengo más recuerdo buenos que malos, siete años que espero que se conviertan en setenta.
Dicen que uno es feliz cuando no se plantea si es feliz o no. Con lo que tengo claro que a su lado soy feliz. Eso o es que soy capaz de no pensar en nada, con lo que también se puede decir que soy feliz.
Si es que siete años a su lado no son nada.
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lunes 25 de enero de 2010
Peonzas
La mente masculina, es decir de los hombres, es como una peonza girando. Vamos, un trompo, peonza, sabes a que me refiero.- Insistió mientras hacía girar su mano derecha delante de él. -Claro, claro, yo tenía uno de...- intenté terciar sin éxito alguno.-Pues eso, que es un lanzamiento de peonza que gira y gira haciendo casi siempre el mismo camino, sin desviarse nunca, porque los hombre somos así, con pocas extravagancias, firmes y constantes, pero a veces uno de esos giros se aleja de los demás, eso es cuando nos da una locura, como dirías tu..., una arroutada, un pallá, y hacemos una locura como comprarnos una bicicleta de la leche aunque no vayamos a usarla más de un par de veces. ¿Me entiendes?- Hablaba sin parar, gesticulando todo el tiempo y mirando a los ojos a a cada uno de los presentes uno tras otro. -Vamos, que esas excentricidades en algunos se dan de vez en cuando, como un lanzamiento regular, o muy pocas veces, como en un lanzamiento de la leche, o como en el caso del Fede no hay dos giros iguales. En fin, que la cabeza loca del Fede es un lanzamiento de pena de peonza.- Acabo, o eso parecía, abriendo los brazos y mirándonos a todos mientras asentía con la cabeza.
-Así que Fede es un mal lanzamiento de trompo.- Afirmo Luisa, que estaba a mi lado.- Entonces, ¿como es tu lanzamiento?
Las risas no contuvieron al locuaz orador. -El mío, el mío, ¡el mío es la leche!- Sentenció para mayor regocijo de los presentes.
Por suerte nadie pregunto como veía la mente femenina, es decir de las mujeres, porque si esto hubiera pasado si que hubiéramos descubierto las excentricidades de su mente.
-Así que Fede es un mal lanzamiento de trompo.- Afirmo Luisa, que estaba a mi lado.- Entonces, ¿como es tu lanzamiento?
Las risas no contuvieron al locuaz orador. -El mío, el mío, ¡el mío es la leche!- Sentenció para mayor regocijo de los presentes.
Por suerte nadie pregunto como veía la mente femenina, es decir de las mujeres, porque si esto hubiera pasado si que hubiéramos descubierto las excentricidades de su mente.
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