viernes, 23 de octubre de 2009

La leona y el solomillo

Publicado por primara vez en La Ameba Canalla el 28 de agosto de 2007 por Vindicator


Ayer vi un vídeo de unas leonas cazando una cría de ñu. En el cutre vídeo se oía a los alegres excursionistas lamentarse por la suerte del herbívoro.
- ¡Pobrecito! Lo van a matar...
-¿No podemos hacer nada? ¡Que crueles!
¡Mierda! Los muy civilizados pretendían quitarle su comida de la semana a a familia de las leonas y después, orgullosos y satisfechos meterse entre pecho y espalda un buen solomillo de gacela Thompson , que está de muerte.
Estos desgraciados, y sus miserables buenas intenciones, me recordaron al inglesito de safari con la familia que salió del todo terreno para explicarle algo a un león con mal despertar. El muy cretino pensó que por ser un safari no violento, ¡no disparen, soy periodista!, el tierno leoncito respetaría el culito del culto y civilizado representante de Imperio Británico. Así que, ya fuera del coche se aproximo al bicho, su señora le reprocho su poco sensata actitud, este, demostrando su suerte, replica sobrado a su esposa y empieza el aleccionamiento del asombrado animal. Al principio recoge indiferencia de la bestia, que parece que le da un tiempo de gracia, en plan, -Tío, déjame en paz, que estoy de resaca y paso de arrancarte la cabeza.- La señora y su prole insisten, -¡Mauricio! Deja de jugar con el gato y vamos a cenar, que se nos hace tarde.- y el pringao a lo suyo, - Mire señor león, yo de usted pasaba de gacelas y ñus y me dedicaba a la especulación inmobiliaria...-
Como era de esperar el león, hasta los cojones del enfermo ese, le da un zarpazo de izquierdas que lo deja tonto, la familia grita, al principio de asombro, aunque yo no se de que se asombraban, y el león sigue con un lento y preciso proceso de finalización de la vida del hombre blanco civilizado, vamos, el clásico zarpazo, zarpazo, mordisco, y un poco de pinchar y arrastrar. Por suerte, para ellos, a nadie más le dio por salir del coche, si no, la manada del león tendría de cena familia inglesa en su salsa.
Esto es un sindiós y cada día vamos a peor, pero que bien que nos lo pasamos...

miércoles, 21 de octubre de 2009

Esos ojos oscuros



Publicado por primera vez el 26 de diciembre de 2006

Llevo un tiempo notando que alguien me está siguiendo. Cuando me doy la vuelta está ahí, quieto, vigilándome, enfrentándose a mi, sin mostrar temor alguno, desafiándome.
Veo su mirada oscura diciéndome, sígueme si te atreves. Una vez lo hice, estaba tan furioso que estaba dispuesto a cogerlo por el cuello y retorcérselo hasta que se le saliesen de las cuencas esos ojos negros como la noche. Pero fue inútil, cuanto más me esforzaba, cuanto más rápido corría, cuanto más lejos saltaba, él, sin mostrar cansancio o preocupación alguna mantenía la ventaja con sus ojos oscuros fijos en mi.
Cuando desistí su risa me alcanzó, me penetró y finalmente que quedó resonando en mi interior casi eternamente. Deseé lanzarme otra vez en su persecución, pero pensé, tiene que descansar en algún momento, tiene que dejar de mirarme en algún instante.
Sigue ahí. Pero ya se su secreto, en la oscuridad está perdido, no es capaz de encontrarme, y cuando vuelve la luz, tarda un instante, un mísero instante, en recobrar toda su fuerza. Es entonces cuando he de atraparlo para obligarle a dejar de ser mi sombra.

Nos leemos...

martes, 13 de octubre de 2009

Lindo conejito

Está es una historía real, auténtica y, casi, casi, verificada.

Tengo yo un primo, Xan, que es además un gran amante de los animales. Por sus manos han pasado iguanas, galápagos, perros, gatos, peces diversos, pájaros variados, y una multitud de animalillos libres que precisaron de su ayuda.
Este buen hombre vivía con una buena mujer, Lucía, que se vio contagiada de su amor y dedicación naturista. Como con perros, gatos, iguanas y otras bestias no les llegaba, decidieron adoptar un conejillo, no uno de esos enanos y más parecido a una cobaya que a una veloz liebre, si no uno de verdad, blanco, negro y marrón, con andares inquietos y su desconfianza natural intacta.
Lucía se encargó del cuidado del pequeño Jeremías, que a la vez que crecía y crecía, también fue perdiendo la desconfianza hacia ella y se convirtió en uno más de la familia. Jeremías era un conejo grande, bastante grande, que andaba por la casa en libertad y tenía como amigo al gato lelo de Xan.
Todo muy bonito, pero, como siempre tiene que haber un pero, a Lucía le dieron trabajo en Santiago de Compostela y Xan marchaba de gira, cosa de músicos. Así que su especial arca de Noé se vio agitada por una gran tempestad.
Perros, gatos, iguana y conejo no podían ir con ninguno de los dos. Ella no podía llevar animales, cosa de la convivencia, y el tampoco podía llevarselos en la furgoneta, aunque había voluntad, así que se busco hogar para entre los amigos.
Perros y gatos lo tuvieron fácil, los padres de Xan ya estaban acostumbrados, pero la iguana necesito algo más de trabajo, al final uno de mis hermanos la cuido con no demasiado esmero, pero para el conejo, Lucía confió en su amigo Sócrates, que le dijo, "no te preocupes que en al familia sabemos como tratarlos", no en vano su padre cría conejos.
Pasó el tiempo, tanto que Lucía y Xan ya solo compartían amistad. Xan seguía conviviendo con animales varios, pero dejo de tocar, eso de irse de gira estropeaba su Carma, y Lucía se convirtió en la esposa legal de Lois, amigo de Xan de siempre.
Una noche de vinos Socrates estaba en Santiago de Compostela, Lucía se alegro mucho de verlo, todos estaban muy contentos porque hacía mucho que no se podían juntar. ribeiro va, ribeiro viene, y de pronto Lucía se acuerda de Jeremías, su conejo blanco con manchas marrones y negras, esa enorme bola de pelo suave y de rillar incesante, -Socrates, ¿que tal el conejo?-.
Hubo un silencio sepulcral, la respuesta se oyó perfectamente, -¡Muy bien! Dijo mi padre que estaba riquísimo.
Jeremías paso de mullido y cálido compañero a excelente estofado, conejo con tomate, en apenas un segundo. Hasta Xan saboreó mentalmente a Jeremías con tomate cocinado por la madre de Sócrates, excelente cocinera por cierto. Lucia lloró desconsolada por Jeremías, aunque no se había acordado de él en años, cosas de la vida.

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viernes, 2 de octubre de 2009

En los túneles



Publicado por primera vez el miércoles 20 de diciembre de 2006

Hoy he tenido un sueño. Un sueño que puedo recordar. Un sueño que os voy a contar.
No se como he llegado a una sala sin ventanas, con las paredes blancas y sucias, con más personas, hombres y mujeres, que parecen tan desorientados como yo. Esta estancia tiene una salida, lo que parece un pasillo largo, mal iluminado por fluorescentes amarillentos. A veces puedo ver imágenes del futuro, una piscina de aguas rojas, pasillos con personas que vienen hacia mi, un tablón de anuncios con hojas viejas y caras de personas que conozco pero no recuerdo.
Sin saber porque el grupo de personas que aparecimos juntos estamos avanzando por el pasillo mal iluminado, voy casi a la cabeza, no puedo decir nada del grupo del que formo parte, no soy capaz de decir cuantos somos, pero parece que no más de diez, no se el nombre de nadie, ni que cara tienen, ni como suena su voz, aunque estoy seguro de que hablamos, de que comentamos que hace frío, que ahí delante hay un cruce, que es está pared alguien ha hecho una pintada, o que me parece que ahí delante hay más luz. El grupo avanza encontrando de vez en cuando a alguien sentado en el suelo, pero en esos momentos nadie dice nada, nadie hace preguntas.
En un pasillo muy ancho, peor iluminado, donde hace más calor, nos encontramos con más gente, unos sentados formando grupos pegados a las paredes curvas y antiguamente blancas, otros caminando en nuestro sentido o en el contrario, unos hablando entre ellos, otros callados mirando para nosotros, pero todos con un aire de naturalidad tranquilizador. Nosotros seguimos avanzando sin apenas hablar, solo una mujer rompe el silencio una o dos veces. Parece que este túnel lleva a algún sitio, a izquierda y derecha aparecen nichos, como entradas a otros túneles pero sin iluminar, oscuros, tan oscuros que parece que absorben la luz de los fluorescentes próximos creando pozos de oscuridad. Cerca de estos nichos no se ve a casi nadie, y cada vez vemos a menos personas.
El pasillo por el que avanzamos ha ido creciendo a medida que avanzamos, ahora debe tener unas diez personas de ancho, pero el grupo avanza en dos filas por el medio, más rápido en los tramos peor iluminados, y más lento en los mejor iluminados. En una intersección nos cruzamos con un hombre pequeño, muy pequeño, pero con unos rasgos totalmente identificables, era igualito a Jose Luis, mi primo. Una mujer que no conozco de nada le llama, -¡Jose Luis, Jose Luis!- pero él ni se inmuta, sigue su camino alejándose en la oscuridad.
Lo que a lo lejos era una sombra extraña se ha convertido en un pasillo perpendicular mejor iluminado y con un tablón de anuncios en la pared de la izquierda. El pasillo es corto y termina con cuatro escalones que suben a una puerta de dos hojas tan ancha como el pasillo que tienen en su centro sendos cristales empañados. En el tablón de anuncio hay una hoja que pone claramente, “Quien caiga en la piscina, acabará en el infierno”.
A pesar de la clara indicación nos dirigimos por este claro, caluroso y húmedo pasillo a la puerta, donde tiene que estar una piscina de dimensiones considerables con el agua brillante y roja.
Pero esto lo se porque lo había visto antes, porque sabía que el aviso no mentía, porque sabía que de la piscina no había escapatoria, porque ya había visto caer en ella sin remedio alguno a todos los que me acompañaban, porque sabía que iba a encontrarme solo ante la piscina que llevaba al infierno, descansando antes de ir por el siguiente grupo para tirarlos, uno a uno, y olvidarlos de inmediato.

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jueves, 1 de octubre de 2009

La carrera del peaje


Publicado por pimera vez el martes 14 de noviembre de 2006.

Hoy he tenido que usar una autopista. Hace tiempo que no tenía que viajar por autopista y había olvidado un hecho curioso que había podido observar reiteradamente.
Vamos cuatro o cinco coches a la misma velocidad, con cierto orden, puede que se vea a cierta distancia un camión, alguien viene adelantando por el carril de la izquierda, la tranquilidad y la normalidad se puede sentir claramente.
Pero, aparece a unos metros, escondido detrás de una curva, un cartel. Una señalización grande, azul, con letras blancas.
Peaje a 1000 metros
En este momento la tranquilidad del viaje se ve totalmente destrozada. La tensión aparece repentinamente en todos los conductores que me rodean.
Uno puede pensar que la proximidad del peaje provoca el sufrimiento del usuario, que ve venir el doloroso momento de cumplir con la obligación del abono del precio del servicio prestado.
No. En vez de frenar la marcha para retrasar el momento del pago, todos los conductores que me rodean lanzan como posesos sus pies derechos a fondo hasta que el acelerador deja marca en la carrocería del vehículo, lanzandose al carril izquierdo con la celeridad que debe dar la desesperación.
Me veo adelantado por casi todos los coches que me sucedían, casi todos los coches que podía ver por el retrovisor pasan a estar delante de mi. Y es durante este proceso cuando el peaje está a la vista y empieza un nuevo baile.
El peaje tiene seis puertas. Una es para el telepeaje, los habituales ya se han puesto en fila y sin apenas frenar lo atraviesan, de las cinco restantes, dos tienen una luz roja sobre ellas, con lo que solo nos quedan tres puertas abiertas. El baile de coches en busca del paso más rápido es asombroso. Uno cruza de izquierda a derecha para ponerse en la puerta 1 detrás de tan solo una furgoneta y un coche. Otro acelera hacia la puerta 4 para ponerse detrás de un camión. Dos casi se vuelven locos para llegar los primeros a la puerta 3, que acaba de quedarse vacía.
No se como he podido sobrevivir a cuatro peajes. Terrible.

Nos leemos...